El ojo de la mente

Verdes, amarillas y rojas, por supuesto. Incluso marrones. Pero, ¿azules? Era la primera vez que Carlos veía manzanas azules. La abuela Teresa le estaba mostrando orgullosa su último cuadro, en cuyo centro destacaba un robusto manzano. Todo en él era azul: el cielo, los pájaros que batían las alas contra el viento, la hierba, el tronco del manzano, sus hojas y su carnoso fruto.

– Abuela, ¿por qué todo es azul? ¿Es porque tus ojos son azules?

Teresa rió mientras iba al cuartito que hacía las veces de estudio de pintura para enseñarle otro cuadro a su nieto. Esta vez, la imagen reflejaba un mar agitado por olas rojas que peleaban contra un cielo teñido de gotas anaranjadas. Carlos la miró asustado:

– No puede ser. ¿Cuando pintaste ese cuadro tenías los ojos del color de la sangre, como un vampiro?

– No, aunque hubiera estado bien –respondió la abuela. En realidad, tenía los ojos azules, igual que ahora.

– ¿Entonces? ¿Cómo podías ver las cosas rojas?

– Con el ojo de la mente. Gracias a él, puedo ver el mundo de mil colores diferentes. ¿Ves la mesa del salón? Pues a veces la imagino amarilla, otras veces color tierra, en algunas ocasiones en tonalidades oscuras… Es muy divertido.

– ¡Qué guay! –exclamó Carlos, achicando los ojos para ver si él también podía cambiar el color de los muebles.

– Sí, lo es. Pero no hace falta achicar los ojos para hacerlo, es suficiente con la imaginación. Seguro que, con práctica, tú lo haces mejor que yo.

– ¿Por qué, abuela?

– Bueno, verás: yo pasé tanto tiempo sin usar el ojo de la mente, que ahora no lo tengo tan despejado como cuando era joven…

–  ¿Qué pasó? –la interrumpió el nieto, ansioso.

manzanas azules

– Un día, en la escuela, mi profesora nos mandó dibujar una casita. Era el típico dibujo tonto que teníamos que hacer todas las niñas. Yo agarré entusiasmada todos los lápices: quería que las tejas del tejado fueran de colores, que la fachada fuera verde y que el cielo estuviera de color morado. Además, dibujé una luna gigante y roja, llena de cráteres.

– ¿Y luego? –preguntó Carlos, enganchado a la historia.

– Espera, ahora sigo, que contando esto me han entrado ganas de empezar otro cuadro.

 Teresa volvió al cuartito arrastrando las zapatillas, y sacó de él un papel gigante enrollado como si fuera una alfombra. Después, lo desplegó sobre la mesa de la cocina, donde la esperaba sentado su nieto.

 – ¿Qué es eso, abu?

– Lo llaman papel Guarro. Me sirve para hacer bocetos. Luego me baso en ellos para pintar el cuadro sobre el lienzo.

– ¿Guarro? ¡Ja, ja! ¡Si no está sucio!

– Verás cómo en seguida cambia eso. Con mis pinturas va a dejar de ser blanco en un abrir y cerrar de ojos.

 Teresa dibujó un jarrón gigante, y después empezó a adornarlo con círculos verdes y amarillos. Carlos la miraba con admiración, porque él necesitaba el compás para que los redondeles no le salieran temblones.

 – ¿Te gusta mi jarrón? Ahora mismo voy a llenarlo de tulipanes.

– Está muy bien, abuela, pero me tienes que seguir contando qué pasó con el dibujo de la casita –le reprochó Carlos.

– ¡Ay Dios, es verdad! Se me ha ido el santo al cielo. Bueno, pues pasó que la señorita Gutiérrez, mi profesora, se paró delante de mi mesa, miró el dibujo y lo cogió.

– ¿Y le gustó?

– ¡Qué va! –siguió Teresa, concentrada en su dibujo. Yo estaba convencida de que le iba a encantar, porque me había quedado realmente bien. Sin embargo, se subió a la tarima, enseñó mi obra a todas las demás alumnas y dijo: “Parece que Teresa tiene mucha fantasía. Luna roja, cielo morado, tejado de colores… ¿No creéis que alguien necesita gafas?”

– ¿Y qué contestaron tus compañeras?

– Se echaron a reír, por supuesto. Era lo que quería la seño, humillarme. Pobres tontas.

 Mientras Teresa, sofocada por los recuerdos, iba al fregadero a por un vaso de agua, Carlos pensó en el ojo de la mente. Se lo imaginaba lleno de pestañas gigantes y azul como los ojos de su abuela.

 – Ya estoy de vuelta –dijo la señora. Como te decía, aquellas ilusas se rieron de mí con la profesora, y yo me convencí de que tenían razón. Lo pasé fatal. Además, la señorita Gutiérrez rompió mi dibujo en cachitos y me obligó a repetirlo, pero esta vez con los colores correctos.

– ¿Y entonces, no volviste a hacer dibujos de colores? –preguntó el niño.

– Sí, y no. Dibujé casas, pero sus tejados eran rojos. Y el cielo siempre brillaba azul tras un sol amarillo. Todo muy aburrido. Digamos que me cerraron a la fuerza el ojo de la mente. No pongas esa cara de miedo, Carlitos. Ese ojo no es como los que tenemos encima de la nariz. No se puede ver, ni tocar.

– ¿Cuándo te lo volvieron a abrir? –dijo Carlos, demasiado absorto como para atender a la aclaración.

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– Bueno, se fue abriendo poquito a poco hará cuarenta años, cuando apunté a tu tía Clara a clases de pintura. Un buen día, vino a casa con una acuarela en la que la imagen de unas flores se repetía con colores diferentes. ¡Imagínate! ¡Pétalos verdes sobre la hierba roja!

– ¡Qué bonito!

– Lo era, y Clara dibujaba muy bien. Me recordó tanto al dibujo que la señorita Gutiérrez me había roto de niña que me encargué de enmarcarlo y ponerlo en la sala. Tu tía me dijo que, si tanto me gustaba, me compraría un libro con cuadros de Andy Warhol, el artista en el que se había basado. Eso me animó a pintar de nuevo.

– ¿Entonces, Andy Warhol te salvó?

– Más o menos. A tu abuelo, que en paz descanse, no le gustó nada la idea de verme con el lienzo y los pinceles. Se ve que era un hombre un poco gris.

 Teresa se quedó callada unos instantes, absorta en el recuerdo de su marido. Siempre puntual, siempre cumplidor, imponiendo su perfección al mundo. Se sentía culpable de pensarlo, pero a veces su ausencia la aliviaba. La vocecita de Carlos se encargó de devolverla a la realidad:

 – Y entonces, ¿te prohibió pintar?

– Sí, y no. Mientras él vivió, sólo me dedicaba a mis cuadros cuando él no estaba en casa. Él sabía lo que yo hacía mientras se encontraba fuera, pero no decía nada. Era tan reservado, que aunque me viera el delantal lleno de manchas de pintura no decía ni pío. Sólo dejaba de hablarme durante un par de días.

– ¡Vaya duro, el abuelo! –exclamó Carlos.

– Sí, a su manera lo era. Parece ser que el ojo de su mente estaba cerrado a cal y canto.

– ¿Y el mío? ¿Está abierto, o está cerrado? –consultó Carlos, ansioso.

– Bien abierto, cariño –respondió Teresa mientras le atusaba el pelo. Siempre que tienes curiosidad por ver más allá de lo que hay a simple vista, el ojo de la mente brilla con intensidad, sin ninguna legaña. Y, por lo que puedo ver a través de tus ojos, tu mente es tan brillante como las estrellas azules.

– ¿Azules?

– ¿Por qué no? –concluyó la mujer. Estrellas azules. Y verdes, amarillas y rojas. ¡De todos los colores!

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