El culpable no era yo

Señalando enfadada al culpable, María empezó a pegar voces. Sito pensó que todo el edificio la estaría oyendo; tal vez, incluso, la ciudad entera. Hasta sentía el suelo vibrar, tal era la potencia de las cuerdas vocales de su madre. ¡Ja! Por lo menos, esa vez, el culpable no era él, sino un niño un poco demacrado que estaba aguantando aquel rapapolvo sin haber hecho nada. ¡Pobre infeliz!

En realidad, había sido Sito el que había amañado la escena para que pareciera que lo habían tirado del columpio. ¡Si hasta le había pedido a aquel enclenque que le empujara más fuerte! Lo importante era ver a aquella mujer, la que lo había parido, luchando a brazo partido por él, su hijo, y no ser siempre el blanco de la atronadora vibración de su voz, de la vertiginosa inclinación de sus cejas fruncidas, de la descomunal dilatación de sus pupilas…

De vuelta a casa, mientras su madre lo llevaba agarrado de la mano con paso firme, Sito no paró de cantar feliz: “El culpable no era yo, mamá, el culpable no era yo”.

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